¿Cuántos casos como el de los 43 jóvenes normalistas desaparecidos en Iguala, Guerrero (26 de septiembre de 2014), podrían encontrarse en que participaron estos monstruos, dueños de un poder omnímodo y que se creían impunes por el resto de su vida?
La Procuraduría General de la República consiguió la detención preventiva del ex procurador Murillo Karam, que como todo buen psicópata maligno, tomó su detención con buen humor, como si hubiera robado unos gansitos en la tienda de su barrio. Pesan sobre él cargos de tortura, desaparición de personas, obstrucción de la justicia, y por ser uno de los pregoneros de la llamada verdad histórica, una flagrante mentira, que aducía que los jóvenes simplemente fueron desaparecidos y quemados en un basurero por miembros de bandas delincuenciales.
Se le olvidó al ex procurador mencionar que el ejército tenía al menos un infiltrado entre los estudiantes, que había un operativo permanente de vigilancia sobre los estudiantes, que se supo minuto a minuto el destino de todos ellos y que en el lugar donde supuestamente los incineraron estuvieron zopiloteando miembros del ejército (¿haciéndo qué cosa?), y hasta un helicóptero -grabado por un dron- fue captado haciendo una burda maniobra de limpieza con el aire de sus aspas, para borrar evidencias de sus actuaciones.
¿Cómo es posible que a pocas horas de su detención este siniestro personaje haya obtenido un amparo? ¿Qué distorsionado sentido de la justicia cabe en el juez que le extendió dicho amparo? Esto es realmente el colmo.